Estoy pensando, justo en este momento, en la culpa.
Hasta hace 3 minutos, opinaba que algunos padres eran personas incomprensivas y que los hijos, eran casi víctimas de ellos. No lo digo sólo al aire, tenía buenos argumentos, ejemplos y hechos para afirmarlo. He vivido de cerca, aunque no personalmente porque hace varios años que no vivo con mis padres, casos de personas jóvenes que son culpadas por las cosas más ilógicas. En una ocasión, un amigo dejó su camioneta en un estacionamiento, horas más tarde, cuando volvió, había un coche chocado contra su puerta; la dueña del carro que se estampó contra la camioneta lo había dejado sin freno de mano y éste se había ido de reversa, pero para el padre de mi amigo todo, absolutamente todo, fue culpa de él por no haber previsto el futuro. En otra ocasión, mi Mauricio dejó estacionado su coche mientras nos bajamos a caminar al parque, cuando volvió los seguros de ambas puertas estaban descompuestos porque alguien intentó abrirlas por la fuerza; su madre le echó la culpa a él.
Un poco enojada, me atrevería a decir que uno qué va a andar pensando que un día alguien descompondrá ambas puertas de tu carro por forzarlo o que un coche sin freno de mano se estrellará contra la puerta del tuyo cuando tranquilamente lo dejaste estacionado. Es como reclamarle a los japoneses afectados por el terremoto y el tsunami por vivir en una zona con movimiento de placas tectónicas y cerca de la costa, o decir que los judíos se tienen la culpa de haber sido masacrados por existir.
Y sí, sigo pensando que buscar chivos expiatorios de culpas propias o ajenas es un acto verdaderamente estúpido, pero el punto al que quiero llegar es que no es una actividad exclusiva de los padres incomprensivos. Realmente, ¿cuántas veces culpamos a los demás en la primera oportunidad y sin reflexionar? Desde niños nos acostumbramos a reclamar y a gritar "¡es tu culpa, papá!" mientras lloriqueamos, y, sin notarlo, arrastramos esa pésima costumbre durante toda la vida.
A veces se fundamenta en la necesidad humana de encontrar el origen de las cosas, hacemos más o menos lo mismo cuando decimos que "gracias a dios hoy no llovió". Cuando algo sale mal, es fácil decir "es culpa de tal cosa"; creo que eso no mata a nadie, es como lanzar esas supersticiones de dios al cielo. Pero otras veces no nos basta con culpar a algo o alguien ajeno y lejano, culpamos a la persona que tenemos más a la mano, reclamamos y hacemos nuestras pequeñas venganzas. Una vez culpé a mi Mauricio y le hice un berrinche porque no alcanzamos un restaurante abierto cuando él no tenía forma de teletransportarnos. A veces es peor, no sólo recriminamos absurdamente a otros, sino que los condenamos injustamente por nuestras propias faltas.
Pero eso no es el mayor problema; también lo hacemos a menudo, sin darnos cuenta y lo olvidamos fácilmente, porque lo más natural para el hombre es dejar pasar sus errores y recordar los ajenos, y... en ese torbellino de culpabilidades, reclamos y pleitos, no notamos que estamos lastimando a quien nos quiere y quiere lo mejor para nosotros.
Quizás las disculpas bien pueden parecer arreglarlo todo, pero sigo pensando que el alma (si es que así se le puede llamar a esa conciencia etérea y sentimental que albergamos) es como una gran puerta de madera a la que le podemos clavar clavos cuando estamos enfurecidos y quitárselos cuando estamos más tranquilos, siempre, siempre le quedan marcas, agujeros, heridas y, lamentablemente, el resanador para almas no lo venden en cualquier tlapalería.

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