Esta Navidad fue diferente, demasiado, por el simple hecho de no haber estado en casa. Los extrañé muchísimo y solté algunas lágrimas cuando estaba sola pensando en lo que harían a tal hora. Fue un poco triste y continúa siéndolo, porque en casa no sólo se trata de dos días, una cena y un intercambio de regalos, sino de una gran reunión, de ver a los parientes que viven lejos, de verlos cambiar tu cotidianeidad, de disfrutarlos toda la temporada.
Creo que ha sido una de las navidades más tristes de mi vida, toqué el fondo de mi corazón y extrañé como no había extrañado. Pero también fue feliz. Contrastante. Es la primera Navidad que paso con uno de mis mejores amigos, él, su mamá y su familia se encargaron de llenar ese vacío enorme de extrañar. He pasado dos días maravillosos en los que he reído mucho, he disfrutado, me he llenado de paz y alegría, he descubierto, con un poco de nervios, cosas nuevas y emocionantes.
Quizás quieran saber cómo fue. Quizás no. Yo lo dejaré escrito para la posteridad. Y porque tengo muy mala memoria.
Días antes, Mauricio y yo acordamos regalarnos cosas elaboradas por nosotros mismos, parece que fue por hacernos un detalle especial pero en realidad es porque ahora somos bastante pobres. Así que una semana antes de Navidad nos dedicamos a pensar y a hacer nuestros regalos.
El 24 en la noche fuimos a casa de uno de sus tíos en un lugar muy lejano y tétrico llamado Tláhuac (al que extrañamente llegamos en 20 minutos... -¿qué clase de brujería es esa?). Nos recibió una familia muy acogedora y amable, había un enorme árbol de Navidad y un par de niños que me dejaron con algunos tics nerviosos. Fue una noche divertida, improvisada, alegre, espontánea, de pláticas, de chistes. Luego de cenar como pelones de hospicio, repartimos los regalos del árbol de Navidad, ¿el recuento? unos calcetines hermosos con cara de cebra que me regaló Pame (la prima de Mauricio) y que tengo puestos en este momento, una bufanda blanca que me regaló mi sue Caludia (la mamá de Mau) y... el regalo más esperado de la noche y la semana entera: una caja.
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Una caja que durará todo un año. Una caja que contiene 365 papelitos con mensajes escritos a puño y letra de mi novio. 365 mensajes para mí. ¡Nunca lo imaginé! Mauricio se paró frente a todos, junto al árbol, me dio una caja, la abrí y explicó todo eso de los 365 papelitos mientras yo contenía las lágrimas de alegría (eres un cursi, Mauricio Victoria)... fue hermoso, fue lindo, especial, creativo y una sensación maravillosa (que el tío Enrique capturó completa en su cámara y Carlitos muy probablemente en fotos ._.).
Junto a ese mi regalo se vio como un tonto: un pigmeo. Un pequeño pigmeo de fieltro que salió de un juego que nos encanta. Espero que le haya gustado, porque lo hice con todo el amor del mundo, pero de verdad que no tiene comparación el enorme detalle que hizo para mí. Y luego se preguntan por qué lo amo.
Hoy fuimos al recalentado de la comida (aunque no sé qué es lo que recalentaron porque yo vi pura comida fresca), nos entretuvimos un rato más con los niños tocando toda clase de instrumentos y jugando Turista Mundial (yo gané, por cierto).
Hace unos minutos Mauricio me dejó en la puerta de mi casa luego de despedirnos por unos veinte minutos. La verdad es que ninguno se quería ir. La verdad es que me gusta demasiado estar con él y disfruto su presencia aunque sea en silencio. La verdad es que me siento como nunca me sentí y que me entristece que se haya terminado la Navidad y que mañana vuelvan las cosas a la normalidad y que sólo podamos querernos a ratos. Pero así es la vida. Cruel. Como sea te seguiré amando como lo hago ahora, Mau.
Antes de irme a chillar, quiero repetir: fue una de las navidades más tristes de mi vida porque no abracé a mi familia, a mis tíos, mis primos, mis hermanos, mis abuelitos, mi papá; también fue una de las más memorables porque es la primera Navidad con la persona que amo. Quiero que la próxima ambos estén juntos, mi familia, mi amor, no quiero más sentir un vacío imposible de llenar, quiero que la Navidad del Niño Dios sea un gran pretexto para estar todos juntos un tiempo, unos días del año antes de que se nos acabe la infancia, se nos vayan los viejos o nuestros caminos se separen, inminentemente, porque así es la vida y así es la imperiosa realidad.
Ya me voy, ya me puse cursi.
P.S. Chino, te extrañé mucho, pero nos veremos pronto. Palabra de miope.
P.S. Chino, te extrañé mucho, pero nos veremos pronto. Palabra de miope.


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